
En mi segunda jornada -ya maratónica- en el 16 Festival Internacional de Cine de Valdivia, me decidí por ver un largometraje chileno que se leía interesante, precedido por más de algun buen comentario en Cannes y una no muy cálida recepción local: Navidad, film de un Sebastián Lelio (La Sagrada Familia) derechamente atrevido y lejos de lo que conocemos comúnmente como cine tradicional. Porque básicamente es eso, una película que explora tendencias y que se llena de matices, que juega a hacer historias pero que no concreta en lo absoluto.
Partamos por algo fundamental: no logré descubrir la premisa del guión. Tenemos a dos personajes marcadamente adolescentes que (al parecer) han escapado de casa, y que están en el campo en una casa abandonada en busca de unos vinilos perdidos. Por lo que vemos se tienen onda, pero no se tienen onda, la cosa divaga en un mar de dudas para los espectadores y voilá… el primer punto de giro es un conflicto de sexos. Uno de ellos se va, descubre un invernadero y encuentra a otra adolescente marcadamente peloláis desmayada. La chica es diabética, también tiene una avalancha de cosas por esconder y eso significa más dudas para nosotros, los que aún no logramos entender que carajo hacen ellos ahí, que objetivos tienen y cuales son sus obstáculos. Están llenos de conflictos internos que no se entienden. Adolescentes.
Quiero seguir dando vueltas en torno a ese concepto, porque al parecer es un factor común en todo el filme: cámara en mano todo el tiempo, correción de foco casi inexistente, montaje lento y brusco en los primeros minutos, y un guión a prueba de tontos que personalmente me gustó… pero que cayó en lo predecible y se escapó de los márgenes de la verosimilitud. ¿Desde cuándo una púber diabética, mimada y esquizofrénica le da consejos de amor a dos adolescentes que ya saben -se supone- hacia donde va la micro? ¿Desde cuándo los adolescentes tecnológicos se arrancan de casa cuando el papito les saca la cresta? ¿Y -por Alá- desde cuándo tres adolescentes hacen una orgía de 10 minutos sólo con medio vaso de bourbon en el cuerpo, ah? Aquella escena será recordada por ser el menage a tròis más largo de la historia del cine chileno. Cero escatología: las tetas y potos a los que nos tienen acostumbrados Edgardo Viereck y su tropa han sido reemplazados por los gemidos poco convincentes de Manuela Martelli. Besos lésbicos incluídos.
Ahora comienzo a comprender por qué anda tan mal la taquilla local.
Resumiendo, es una película regularisima en general, bastante “novedosa” y con una dirección de arte -digamoslo- fantástica, aunque peligrosamente experimental en su conjunto visual (dirección, fotografía). Personalmente hubiera preferido llevar ese mismo guión a un cortometraje, me hubiese sobrado película de 35 mm sin filmar.





