La Nana, o no creo en los conflictos de clases

7 09 2009

Partamos por dejar algunas cosas en claro. Hace un par de días -un poco obligado, lo reconozco- partí al Hoyts de La Reina a ver La Nana, la película de Sebastian Silva de la que me hablan cada dos días en los pasillos de la universidad. Que es buena, que anda a verla, que marcó un precedente en la filmografía chilena, que estuvo en Sundance… era hora de derribar un par de prejuicios que ya me habían armado en la cabeza. Era sólo cuestión de comprar la entrada, cabritas grandes y hacer rarezas como buscar el acoustic sweetspot.

Debo reconocer que en un primer momento me sentí abrumado. A riesgo de sonar anticuado y no pertenecer a la vanguardia fílmica, eché de menos un trípode. Diablos, ¿por qué tanta cámara en mano? Si querían parecer artesanales, solo bastaba agregar un GC digital como de cámara de video, poner una cámara subjetiva y se acabó. Pero no: el “nuevo cine chileno” insiste en volverse experimental y probar fórmulas nuevas para ver si salta la liebre en los festivales. Del cine tradicional, ni hablar. De todas formas, ese no es mi punto, pues al fin y al cabo todas las deficiencias visuales se esfumaron al darme cuenta de algo fundamental en el filme de Silva:  estamos logrando superar el abuso de los problemas de clase como temática.

Diariamente, estamos a merced de historias repletas de un condimento popularisimo: ricos versus pobres, oligarquía versus proletariado, opulencia como el enemigo y la necesidad como salvador e incluso justificación. Piensenlo, ¿dónde no hemos escuchado esa historia? Si hasta los denominados retratos sociales consideran aquello como factor común: todos nos identificamos como gente con o sin plata. No quiero ir al trasfondo más histórico -que seguramente se remonta a cuestiones tan fundamentales en nuestro imaginario como la migración campo-ciudad o el mismisimo golpe de estado- si no que quiero quedarme sólo con la impresión. Estamos denotados por la lucha de clases, y eso se nota en demasía cuando nuestra nana nos produce lástima al probarse la ropa de su patrona, nos choca cuando la vemos entrar a una tienda a probarse exáctamente la misma prenda. Pero hay una excepción: la película da un golpe a la cátedra, rompe con el círculo y nos deja a todos perplejos, en el momento en que la nana se compra el chaleco y paga en efectivo. De ahí en adelante, todas las miradas de odio hacia sus patrones tienen otro significado, son relativas a un conflicto interno… y nosotros creyendo en la misma hostia de siempre.

La premisa de Seba Silva fue simplemente eso, adentrarse en el delirio de una mujer resignada y alienada con su trabajo, al extremo de sentirse parte de la familia. Hay una esquizofrenia manifiesta ahí, con miedo a la pérdida de lo que se tiene; existe incluso un dolor reprimido por una familia que nunca aceptó su condición de trabajadora puertas adentro. La protagonista tiene tantas cosas, son tantas las aristas que la definen, que basta solo situarla geograficamente y hacer correr la cámara para que pasen cosas. Es tanta la presencia que tiene su conflicto, que en determinados puntos de la película la vemos perdida, creemos que no aguantará.

Quiero referirme -a modo de conclusión- a una secuencia en particular: el viaje. Me atrevería a decir con cierta propiedad, que esta secuencia es en todo sentido una de las diez mejores del cine nacional. Tiene una transformación importante, un atrevimiento que escapa a los prejuicios y es en si misma un mundo. Si usted tiene nana, bastará con acompañarla y visitar a su familia para entender que hay una dualidad importante ahí… pero eso no interesa. Es en su mismo mundo interior donde Raquel proyecta su mundo exterior: ella no puede abrazar su vida. Ella no puede ser perdonada, no puede crear su propia historia porque ya asumió hasta lo profundo de su ser una historia impuesta a la cual ella no puede dejar de pertenecer.

Y eso es algo que nos pasa a muchos, todos los días.








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