Yo Nunca Vi Televisión, y me quedé con la radio (parte 1)

29 12 2009

¿Qué se nos viene a la mente cuando escuchamos “31 Minutos”? Seguro, pensarán algunos, una docena de títeres bien entretenidos guiados por Aplaplac, las mentes maestras detrás de otro dinosaurio maravilloso de la televisión chilena, el desaparecido Plan Z. Por otra parte, los más sensibles a la fuerza son capaces de ilustrar un universo completo de historias, numerosos gags, y un movimiento musical tremendo que nació de la mano de Pablo Ilabaca (guitarrista de los Chancho en Piedra) y que fue tan lejos que traspasó continentes y dio a parar en España y México. Desde este último país -donde los aztecas todavía no nos entienden del todo, incluso aunque nosotros digamos pinche cabrón- proviene este disco tributo, un caldo con salsa tabasco y merquén que tiene de todo.

Insisto: tiene de todo. No es un tributo rock, por cierto; es una cazuela con severos toques pop, electrónicos, esos raros sonidos nuevos que no tienen mucho de nuevos. Los más críticos afirman que, debido a la mezcla mexicana-chilena de artistas la cosa se chacrea, y puede que tengan razón; lo cierto es que de escuchar todos los tracks, sólo algunos se merecen estar en mi playlist particular. Pero vamos uno por uno.

Belanova parte el disco con su versión electro-pop de Yo nunca vi televisión, influenciada -como es usual- por un beat clásico, setentero y simple, con cierto elemento distorsionado que los está haciendo parecerse peligrosamente a la escena electrónica francesa. Mantienen su estilo y me gusta, pero faltó más síntesis.

Le siguen los mexicanos de Bengala, que tributan Papá te quiero con su estilo característico: órgano, cuerdas sintetizadas, otro beat ochentero -¡pero si está de moda!- y otros elementos de síntesis que los hacen alejarse de su propio estilo, que parece estar mucho más apegado al rock alternativo contemporáneo. Pasó la prueba sólo porque me hizo mover la patita.

Continúa el disco Tanganica, Tangananá por los siempre vigentes Liquits. Pese a que siempre les he escuchado temas más simples y desenfadados, a guitarra, bajo y batería, esta vez la cosa fue muchisimo más allá, con un arreglo en bronces de excelente calidad, de esos para saltar y reír un rato con varias copas de más en el cuerpo. Divertido, es de lo mejor del tributo.

Ruben Albarrán (vocalista de Café Tacvba) y su mujer Psykini tienen un dueto en una versión mal cantada y friki de La regla primordial. Del rock furioso y casi contestatario de la versión original de Retrete Navarrete y los Bulliciosos sólo quedan retazos que musicalmente se parecen únicamente en la estructura. No me gustó.

En una próxima entrega iré con el resto de los temas: nos faltan todos los tracks de nuestras esperanzas nacionales. Until next time, folks.





Navidad, un manual casero y joven para escaparse del estándar

17 10 2009

En mi segunda jornada -ya maratónica- en el 16 Festival Internacional de Cine de Valdivia, me decidí por ver un largometraje chileno que se leía interesante, precedido por más de algun buen comentario en Cannes y una no muy cálida recepción local: Navidad, film de un Sebastián Lelio (La Sagrada Familia) derechamente atrevido y lejos de lo que conocemos comúnmente como cine tradicional. Porque básicamente es eso, una película que explora tendencias y que se llena de matices, que juega a hacer historias pero que no concreta en lo absoluto.

Partamos por algo fundamental: no logré descubrir la premisa del guión. Tenemos a dos personajes marcadamente adolescentes que (al parecer) han escapado de casa, y que están en el campo en una casa abandonada en busca de unos vinilos perdidos. Por lo que vemos se tienen onda, pero no se tienen onda, la cosa divaga en un mar de dudas para los espectadores y voilá… el primer punto de giro es un conflicto de sexos. Uno de ellos se va, descubre un invernadero y encuentra a otra adolescente marcadamente peloláis desmayada. La chica es diabética, también tiene una avalancha de cosas por esconder y eso significa más dudas para nosotros, los que aún no logramos entender que carajo hacen ellos ahí, que objetivos tienen y cuales son sus obstáculos. Están llenos de conflictos internos que no se entienden. Adolescentes.

Quiero seguir dando vueltas en torno a ese concepto, porque al parecer es un factor común en todo el filme: cámara en mano todo el tiempo, correción de foco casi inexistente, montaje lento y brusco en los primeros minutos, y un guión a prueba de tontos que personalmente me gustó… pero que cayó en lo predecible y se escapó de los márgenes de la verosimilitud. ¿Desde cuándo una púber diabética, mimada y esquizofrénica le da consejos de amor a dos adolescentes que ya saben -se supone- hacia donde va la micro? ¿Desde cuándo los adolescentes tecnológicos se arrancan de casa cuando el papito les saca la cresta? ¿Y -por Alá- desde cuándo tres adolescentes hacen una orgía de 10 minutos sólo con medio vaso de bourbon en el cuerpo, ah? Aquella escena será recordada por ser el menage a tròis más largo de la historia del cine chileno. Cero escatología: las tetas y potos a los que nos tienen acostumbrados Edgardo Viereck y su tropa han sido reemplazados por los gemidos poco convincentes de Manuela Martelli. Besos lésbicos incluídos.

Ahora comienzo a comprender por qué anda tan mal la taquilla local.

Resumiendo, es una película regularisima en general, bastante “novedosa” y con una dirección de arte -digamoslo- fantástica, aunque peligrosamente experimental en su conjunto visual (dirección, fotografía). Personalmente hubiera preferido llevar ese mismo guión a un cortometraje, me hubiese sobrado película de 35 mm sin filmar.






La Nana, o no creo en los conflictos de clases

7 09 2009

Partamos por dejar algunas cosas en claro. Hace un par de días -un poco obligado, lo reconozco- partí al Hoyts de La Reina a ver La Nana, la película de Sebastian Silva de la que me hablan cada dos días en los pasillos de la universidad. Que es buena, que anda a verla, que marcó un precedente en la filmografía chilena, que estuvo en Sundance… era hora de derribar un par de prejuicios que ya me habían armado en la cabeza. Era sólo cuestión de comprar la entrada, cabritas grandes y hacer rarezas como buscar el acoustic sweetspot.

Debo reconocer que en un primer momento me sentí abrumado. A riesgo de sonar anticuado y no pertenecer a la vanguardia fílmica, eché de menos un trípode. Diablos, ¿por qué tanta cámara en mano? Si querían parecer artesanales, solo bastaba agregar un GC digital como de cámara de video, poner una cámara subjetiva y se acabó. Pero no: el “nuevo cine chileno” insiste en volverse experimental y probar fórmulas nuevas para ver si salta la liebre en los festivales. Del cine tradicional, ni hablar. De todas formas, ese no es mi punto, pues al fin y al cabo todas las deficiencias visuales se esfumaron al darme cuenta de algo fundamental en el filme de Silva:  estamos logrando superar el abuso de los problemas de clase como temática.

Diariamente, estamos a merced de historias repletas de un condimento popularisimo: ricos versus pobres, oligarquía versus proletariado, opulencia como el enemigo y la necesidad como salvador e incluso justificación. Piensenlo, ¿dónde no hemos escuchado esa historia? Si hasta los denominados retratos sociales consideran aquello como factor común: todos nos identificamos como gente con o sin plata. No quiero ir al trasfondo más histórico -que seguramente se remonta a cuestiones tan fundamentales en nuestro imaginario como la migración campo-ciudad o el mismisimo golpe de estado- si no que quiero quedarme sólo con la impresión. Estamos denotados por la lucha de clases, y eso se nota en demasía cuando nuestra nana nos produce lástima al probarse la ropa de su patrona, nos choca cuando la vemos entrar a una tienda a probarse exáctamente la misma prenda. Pero hay una excepción: la película da un golpe a la cátedra, rompe con el círculo y nos deja a todos perplejos, en el momento en que la nana se compra el chaleco y paga en efectivo. De ahí en adelante, todas las miradas de odio hacia sus patrones tienen otro significado, son relativas a un conflicto interno… y nosotros creyendo en la misma hostia de siempre.

La premisa de Seba Silva fue simplemente eso, adentrarse en el delirio de una mujer resignada y alienada con su trabajo, al extremo de sentirse parte de la familia. Hay una esquizofrenia manifiesta ahí, con miedo a la pérdida de lo que se tiene; existe incluso un dolor reprimido por una familia que nunca aceptó su condición de trabajadora puertas adentro. La protagonista tiene tantas cosas, son tantas las aristas que la definen, que basta solo situarla geograficamente y hacer correr la cámara para que pasen cosas. Es tanta la presencia que tiene su conflicto, que en determinados puntos de la película la vemos perdida, creemos que no aguantará.

Quiero referirme -a modo de conclusión- a una secuencia en particular: el viaje. Me atrevería a decir con cierta propiedad, que esta secuencia es en todo sentido una de las diez mejores del cine nacional. Tiene una transformación importante, un atrevimiento que escapa a los prejuicios y es en si misma un mundo. Si usted tiene nana, bastará con acompañarla y visitar a su familia para entender que hay una dualidad importante ahí… pero eso no interesa. Es en su mismo mundo interior donde Raquel proyecta su mundo exterior: ella no puede abrazar su vida. Ella no puede ser perdonada, no puede crear su propia historia porque ya asumió hasta lo profundo de su ser una historia impuesta a la cual ella no puede dejar de pertenecer.

Y eso es algo que nos pasa a muchos, todos los días.








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